Injusticia, hambre y muerte.

El título de este  artículo nos invade con pesimismo, dolor y hasta nos deja una leve sensación de derrota. Sin embargo, no es una exageración, es la realidad de un elevado porcentaje de personas en el Paraguay.

Según los últimos datos oficiales de la Encuesta Permanente de Hogares Continua de la Dirección de Estadísticas, Encuestas y Censos (DGEEC) del 2019, en nuestro país existe un 23,5% de pobreza. Ósea que aproximadamente 1.657.000 personas no tienen acceso a la canasta básica. Si dividimos los datos entre área rural y urbana nos podemos asustar aún más, ya que el 33,4% de toda el área rural vive en la pobreza, el hambre, la desolación y obviamente sin acceso a políticas públicas que al menos ayuden a cambiar o mejorar sus vidas.

Esto sumado a que el 7,8% del área rural vive una situación de pobreza EXTREMA, lo que no le permite llenar la mesa de una familia siquiera con los alimentos más baratos y simples.

Pobreza extrema

También hay que tener en cuenta que según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura en el marco del “Día Mundial de la alimentación” afirmó en el 2019 que en Paraguay el 10,7% de la población sufre hambre, estando así muy por encima del promedio de la región (5,5%). Y según el último informe oficial de la UNICEF en 2018 el 11,4% de los niños menos de 5 años en Paraguay sufren de desnutrición crónica, ósea que muchos, literalmente mueren a causa del hambre.

En este contexto es prácticamente imposible pensar que a un ser humano se lo castigue por robar pomelos y a unos pocos casi se los congratule por robar millones de dólares correspondientes al pueblo paraguayo. Pero no es imposible ni fantasioso, esa es la realidad de una república bananera. Mientras la justicia se pone cada día más estricta con el trabajador común, permite a cada vez más políticos y multimillonarios hacer literalmente lo que les plazca. De hecho, según la Organización de Transparencia Internacional, Paraguay se posiciona junto a Bolivia como el segundo país más corrupto de Sudamérica solo por detrás de Venezuela.

Mientras la justicia se pone rígida con el “ladrón de pomelos” y con los manifestantes que exigen sus derechos en plena pandemia (ya que se está acabando el pan de cada día) uno se pregunta: ¿Por qué la justicia no fue igual de rápida con el caso de Juliette? ¿Por qué la justicia no es igual de rápida con las sobrefacturaciones del estado? ¿Por qué la justicia no fue igual de eficiente con el caso “Lava Jato” para ayudar a la justicia del Brasil? ¿Por qué la justicia se volvió tan flexible con los ya conocidos oficialistas? ¿Qué pasó de Edelio Morínigo? ¿Qué pasó del EPP? ¿Qué pasó en Curuguaty?

Y mientras ninguna de esas preguntas se puede responder Mario Abdo Benítez se olvida de la autocrítica y nos pone en “manos de Dios” cada vez que puede, escondiéndose detrás de algo sagrado para una amplia mayoría del pueblo paraguayo. Un gran insulto para quien no cree, pero todavía mayor para quien si cree.

Una de las principales figuras del gobierno de Mario Abdo Benitez es Julio Mazzoleni, quien meses atrás había minimizado la lucha de los enfermos de cáncer y había negado la falta de insumos en Itaugua (a este tienen muchos de ídolo y capitán). Pero al mismo tiempo hay enfermos oncológicos en todos los puntos del país (Incluyendo Itaugua) exigiendo, rogando y llorando por sus medicamentos. Solo desde el inicio de la pandemia ya existen 22 fallecimientos de enfermos oncológicos por falta de insumos. Por el momento el ministro Mazzoleni no pudo solucionar ningún frente. No hay insumos suficientes ni para el cáncer, ni para el Covid 19, ni para la influenza. No se manifiesta, y ahora además siquiera dará los datos del Covid por Twitter. Acción exageradamente glorificada anteriormente.

Quizás estará pensando como justificar que solo se ejecutó el 1% del presupuesto para luchar contra el Coronavirus.

Así es, vivimos en un país en el que para salir adelante debemos luchar contra el hambre del sistema, las muertes por corrupción y la injusticia de los poderosos. La frase “el que quiere puede” se hace muy difícil de creer en un país donde te perdonan robar millones de dólares de la salud o la educación, pero te encierran por robar dos pomelos o una gallina para comer.  

Joaquín Díaz de Bedoya.

Periodista.

Internacionalista.

Asesor de Marketing político y empresarial.

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